Memoria y Trauma

LA MEMORIA EXPLÍCITA E IMPLÍCITA

Memoria es la capacidad de todos los animales de usar información adquirida previamente para enfrentar un desafío o una actividad en el presente. Entre más complejo o “evolucionado” es el animal, más sofisticada y detallada es su memoria. El ser humano es la cúspide de ese desarrollo de la memoria, pues tiene una memoria que es implícita o procedural, memoria explícita o semántica, y memoria noética o del “yo mismo”.

Bicicleta
El aprendizaje de habilidades motoras es típicamente procedural o implícito. Otro ejemplo caracterísitcos es la memoria del cuerpo o memorias emocionales, donde no hay una “historia” que contar, sino simplemente la sensación en estado original.

La memoria implícita es aquella memoria que “no sabemos que sabemos”. Por ejemplo, todos recordamos cómo caminar, o como tomar una taza; no necesitamos “estar recordando” estas actividades. Estas pueden ser bastante sofisticadas, como por ejemplo, escribir. Nuestro cuerpo las activa según el contexto, pues sabe cuándo las va a ocupar.

Otra variedad de estas memorias implícitas que activamos por contexto son las memorias situacionales. Por ejemplo, una vez que hemos aprendido un camino, del trabajo a la casa digamos, si alguien nos lleva a algún lugar en la mitad de ese mismo camino en automóvil, nuestro cuerpo reconocerá la calle e inmediatamente sabrá cómo hacer el camino. Otro ejemplo es cuando olemos un aroma, en que no logramos recordar cuándo lo sentimos, pero nos trae un recuerdo de una emoción.

POV
Algunos tipos de memoria existen “en primera persona”, y el cerebro debe “ensayarlas” o “reproducirlas” para después ponerle palabras y comunicarla a otros.

Lo que tienen en común estas memorias implícitas es que están “fuera del tiempo”, no forman parte de una historia. Esto es diferente por ejemplo cuando recordamos nuestro último cumpleaños, en que podemos narrar cómo fue, en qué orden sucedieron los acontecimientos.  Esta es la memoria narrativa o verbal.

Finalmente, en la memoria del yo mismo, somos capaces de “ponernos allí”, es recordar en fino detalle cómo nosotros mismos soplamos las velas, recordar la posición en la que estábamos, ya no dentro de la historia o narración, sino como si las estuviéramos viviendo nuevamente.

Tomando el mismo ejemplo anterior de la bicicleta, podemos ver que estos diferentes tipos de memoria están interconectados: la cosa que tenien en común, por supuesto, es ¡que nos pasaron a nosotros!. Andando en bicicleta (memoria procedural) puedo hacer el esfuerzo de recordar el día en que lo aprendimos (por ejemplo, recordar que estábamos en quinto año básico, y con eso poder recordar en qué casa vivíamos; es decir, una memoria narrativa), y si nos esforzamos un poco, podemos volver a sentir que estamos allí, el dolor de la primera caída, o la emoción de lograr los primeros pedaleos sin ayuda (memoria del yo mismo).

LA FRAGMENTACIÓN DE LA MEMORIA

Lo anterior se explica porque distintos lugares en el cerebro se encargan de almacenar y de recuperar estos distintos tipos de memoria. Habitualmente, estos recuerdos permanecen integrados, es decir, la memoria implícita, narrativa y del yo mismo quedan almacenadas como parte de un mismo recuerdo.

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Los diversos tipos de memoria pueden guardarse sin integrar porque fue necesario hacerlo muy rápidamente porque era la única forma de sobrevivir físicamente, o porque la falta de integración era la única forma de sobrevivir psíquicamente a un evento insoportable.

Sin embargo, cuando el evento que se va a almacenar se vive con una emoción extrema (por ejemplo, terror, o angustia de morir en cualquier momento), el cerebro activa ciertos mecanismos de protección, por ejemplo entrar en un modo de “trance” en que nos sentimos alejados, como no sintiendo nada, y nos quedamos inmóviles (esto es por ejemplo lo que les sucede a los animales cuando son capturados por un león, que después de forcejear un rato, “se rinden”; el cerebro emite sustancias que lo inmovilizan y lo anestesian para no sentir dolor). Otras personas, en cambio, se vuelven hiperactivas y reaccionan instintivamente con recursos “animales”, como correr, o pelear desesperadamente. El mecanismo que el cerebro utiliza es automático, no lo podemos decidir ni controlar; muchas víctimas de sucesos violentos y traumáticos piensan “debería haber actuado distinto”. Sin embargo, la biología y neurología nos muestran que es imposible reaccionar de otra manera porque el cerebro activa programas “de supervivencia” involuntarios.

El precio que hay que pagar para utilizar estos mecanismos primitivos de defensa es la fragmentación de la memoria. Como el cerebro está ocupado en la defensa / escape / rendirse, los caminos para guardar la memoria, que habitualmente funcionan integrados, se desintegran. La memoria implícita se guarda separada de la memoria narrativa, y no logra configurarse una adecuada memoria del yo mismo

LOS SÍNTOMAS

Sin embargo, el cerebro no se resigna a guardar la memoria de esa forma desordenada. Por eso, una vez que el peligro pasa, el cerebro pareciera empezar a “rebobinar” el recuerdo, como para “volver a vivirlo“. En el período posterior a un evento traumático, es normal que las personas tengan pesadillas, recuerdos intrusos, e incluso la forma más extrema de estos recuerdos, que son “revivenciares”, es decir, por unos instantes creer que se está allí nuevamente. Estos recuerdos suelen acompañarse de las emociones, creencias, y sensaciones físicas que se tuvieron en el evento traumático.

La mayoría de las personas (cerca del 85%) logran reponerse de estos síntomas, al parecer porque el cerebro lograría a través de ellos “rearmar el recuerdo” y dejarlo atrás. Sin embargo, cuando los recuerdos son demasiado terribles (porque el evento mismo es muy extremo, o las emociones son intolerables, o las sensaciones físicas demasiado desagradables), la persona los evita a toda costa. 

Esto hace que deje de hacer todas las cosas que pudieran recordar el evento (por ejemplo si sufrió un accidente de tránsito, ya no manejará), lo que recorta gravemente su vida. Sin embargo, como el cerebro insiste en intentar recordar, cada vez más y más cosas le recuerdan el evento, por lo que la persona entra en un estado de hiperalerta e hipervigilancia, pensando que como todo le recuerda al peligro del evento, está en un peligro constante.

Cuando todo lo anterior sucede, estamos frente a un trastorno por estrés postraumático. La mayoría de la gente que lo sufre (alrededor de un 65%) se repone al cabo de unos meses. Pero no todos lo logran. Según algunos estudios, un grupo quedaría con estos mismos síntomas hasta por años, pero otras personas tendrían una evolución distinta, en que la persona aprende a no confiar en las emociones de hiperalerta

Cuando eso sucede, los síntomas de “activación” (pesadillas, recuerdos intrusivos, revivenciares) lentamente desaparecen, pero el precio es que además de no confiar en la hiperalerta, la persona deja de confiar en todas sus emociones. Algunas personas e vuelven apáticas y desapegadas; otras, tienen emociones descontroladas y repentinas, que no logran entender. Incluso, algunas personas terminan por recurrir a mecanismos desadaptativos para controlar estas emociones desordenadas, como el alcohol y otras drogas, las autoagresiones, o los trastornos de alimentación.

Como el recuerdo permanece desintegrado, el cerebro sigue intentando recordarlo por otros medios, por ejemplo, a través del cuerpo: aparecen síntomas que llamamos de somatización, como dolores genitales, dolores abdominales, malestar gastrointestinal con náuseas o diarreas, dolores de cabeza intratables, dolores de espalda, incluso dificultades para respirar y taquicardias.

Hysteria
Los síntomas postraumáticos relacionados con la fragmentación de la memoria se empezaron a estudiar con mayor seriedad en la medicina moderna en Francia, hace ya más de 150 años.

Algunas veces, el cerebro no logra evitar los recordatorios del evento que estaba evitando desde hace tanto tiempo, sin embargo, logra evitar relacionarlos con el evento, y aparecen síndromes aparentemente sin causa: trastornos de pánico, trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, aparentemente no relacionados con el evento traumático, porque se activan tras recordatorios muy sutiles, que la persona no logra identificar.

Hay cerebros que son muy eficientes en no recordar, sobre todo cuando la memoria es tan extrema que aparentemente sería imposible seguir viviendo con ella. Entonces, se recurre a una defensa cerebral llamada disociación. En la disociación, el cerebro toma segmentos enteros de información que podrían recordarle o asemejarse o reactivar el trauma, y literalmente “los deja fuera”: aparecen amnesias (pérdida de recuerdos), dificultades de movimiento de extremidades, olvido de algunas habilidades. En momentos extremos, la persona podría incluso olvidar su propia identidad; algunas personas podrían construir distintas maneras de pensar, de actuar, y de sentir, según si su contexto les recuerde o no al trauma, y van alternando entre ellas. Toda esta gama puede producir trastornos disociativos.

CONCLUSIONES

Como se ha revisado, las alteraciones producidas por el trauma se relacionan con la memoria. Por los mecanismos defensivos que utiliza el cerebro frente a la experiencia, la memoria queda desintegrada. Mediante recuerdos desordenados de emociones, vivenciares, y sensaciones corporales, la mayoría de las personas logra reparar e integrar el recuerdo. 

Otras personas sufren de estrés postraumático y algunas de sus secuelas, como trastornos disociativos, somatización, depresiones, trastornos de ansiedad, trastornos por consumo de sustancias, autoagresiones.